El poder de las cosas sencillas: el principio K.I.S.S.

KISS - Keep It Simple Stupid

Cada día, en los pequeños y medianos negocios se diseñan miles de productos, servicios o procesos, que pretenden dar solución a problemas existentes. Al mismo tiempo, la tecnología disponible y el conocimiento de las personas en general evolucionan a un ritmo vertiginoso, haciendo que lo que hoy está vigente, mañana pueda quedar obsoleto y como si nada. Hay quien es partidario de que los sistemas se vayan haciendo cada vez más complejos y también hay quien opina todo lo contrario, como en sú día promulgó Guillermo de Ockhamen (fraile franciscano y filósofo inglés del siglo XIV) con su famosa frase:

Entia non sunt multiplicanda praeter necessita.

Traducido del latín viene significando: “No ha de presumirse la existencia de más cosas que las absolutamente necesarias”. La interpretación de esta expresión es que, en igualdad de condiciones, la solución más simple es la que tiene una probabilidad mayor de ser la mejor.

En la misma línea que la anterior, se encuentra la cita de Antoine de Saint Exupéry, autor de la famosa obra “El Principito”, quien acuñó una frase popular que recoge la misma idea:

La perfección se alcanza, no cuando no hay nada más que añadir, sino cuando ya no queda nada más que quitar.

Si se avanza un poco más en el tiempo, se aterriza de pleno en el denominado Principio K.I.S.S., que según cuentan tuvo su origen en los primeros tiempos de la carrera espacial, allá por la década de los sesenta y que promulga la sencillez como clave del éxito de cualquier producto o proceso. Es toda una declaración de intenciones en pro de la simplicidad. Sus siglas vienen del inglés y significan:

Keep It Simple, Stupid!

Traducido literalmente al castellano quiere decir “Mantenlo Sencillo, Estúpido”. Es un principio aplicable a cualquier ámbito que se pueda uno imaginar: desarrollo de producto o servicio, gestión de proyectos, procesos,… Cualquier sistema, cuanto más sencillo sea, cuanto más claras estén sus partes y funciones, cuanto más fácilmente sean detectables los errores que se puedan producir, mucho mejor.

¿Qué empresas puede aplicar el principio Kiss?

Le experiencia demuestra que el tamaño de la empresa no es un factor que limite la capacidad a la hora de ofrecer soluciones sencillas y buenas a cualquier problema. Si nos ponemos a pensar, rápidamente todos nos daremos cuenta de algún sector en el que las empresas que cuentan con “mayor músculo” presentan al mercado productos o servicios que están por debajo de otras no tan fuertes.

Tampoco son factores excluyentes el volumen de facturación, o el Tampoco hecho de disponer de un departamento específico dedicado a la innovación. El principio KISS puede (y debe) ser aplicado por cualquier pyme o autónomo y en cualquier ámbito de su actividad.

Los clientes agradecen el valor de las cosas sencillas

Trabajar bajo las premisas del principio KISS, es sinónimo de aportar valor al cliente. Productos sencillos que cumplan su función, procesos simples y sin recovecos extraños. En definitiva, ofrecer al cliente productos y servicios que le devuelvan, como mínimo, lo que él espera de ellos. Productos que son fácilmente utilizables, a la primera, con una curva de aprendizaje muy sencilla y sin apenas esfuerzo para el usuario; frente a productos complejos, que requieren formación y paciencia para comprender su funcionamiento y cuya curva de aprendizaje es larga y difícil… ¿Qué piensas que valora más un cliente?

En ciertos segmentos, los usuarios de los productos o servicios apenas usan un 10% de la funcionalidad que tiene a su disposición. Recuerdo cuando hace 5 años tenía un móvil que no era smartphone, pero que permitía leer el correo electrónico, cargar aplicaciones, juegos, conectarse a redes, tenía cámara con flash,… y yo sólo lo usaba para enviar y recibir llamadas y sms. Esta semana me llegó una encuesta de un hotel en el que estuve hace tiempo y me preguntaron si había usado servicios de una larga lista que ni siquiera vi durante toda mi estancia (hasta había uno que te permitía pedir una pizza a una conocida cadena de reparto a domicilio).

No digo que esté mal que existan estos servicios sino que, al final, el producto global es tan complejo que mi capacidad de atención, como persona, se ve saturada y mi capacidad para valorarlo, como cliente, también. Lo primero es cubrir lo básico bien, es decir, garantizar la funcionalidad que se espera del producto o servicio. Esta semana también he podido leer un ejemplo de la complejidad de un sistema de reclamaciones, en el que un usuario de una autopista cuenta como tuvo que lidiar con la empresa concesionaria y el Ministerio de Fomento para que le atendieran una reclamación por un parabrisas roto.

Moraleja: no sólo hay que poner a disposición de los clientes productos sencillos, sino que también hay que preveer que los procesos en los que intervengan estos sean también simples y no supongan un tedioso esfuerzo. Recuerda, nunca debemos olvidarnos de Keep It Simple, Stupid!

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Vía | Makeminimal
Imagen | Jimee, Jackie, Tom & Asha

Pablo Herrero

Pablo Herrero es Ingeniero Industrial en la especialidad de Organización Industrial, relacionado con la Ingeniería de Organización de empresas. Escribe habitualmente en el blog Fuera de Límites y ha colaborado en Pymes y Autónomos.

Puedes seguirlo en Twitter en @pabloherrero